En los textos de las tablillas de Mesopotamia, la estrella de ocho ramas, adaptada a la escultura cuneiforme acompaña al nombre de los dioses como símbolo de su naturaleza divina.

Para los pitagóricos, ocho es el número de la perfección.

En la esfera cristiana simbolizaba la regeneración. En la segunda epístola de Pedro (2,5), se encuentra una referencia un tanto oscura a que del diluvio son salvadas ocho personas de la familia de Noé, sin otro comentario; como si el autor supusiera que sus lectores estaban familiarizados con la idea implicada.

La estrella de ocho brazos o la flor de ocho pétalos adornaba con frecuencia el velo de la Virgen en los iconos bizantinos y figura todavía hoy, en Grecia, en las tarjetas de felicitación enviadas con ocasión de las Pascuas.

Y no es casualidad que el ocho presente la misma forma que el signo «infinito».

La gama musical de las notas propone otro símbolo de renacimiento y de regeneración: la octava nota de la escala ascendente es la misma que su nota básica, sin ser la misma. Sigue leyendo