En los textos de las tablillas de Mesopotamia, la estrella de ocho ramas, adaptada a la escultura cuneiforme acompaña al nombre de los dioses como símbolo de su naturaleza divina.

Para los pitagóricos, ocho es el número de la perfección.

En la esfera cristiana simbolizaba la regeneración. En la segunda epístola de Pedro (2,5), se encuentra una referencia un tanto oscura a que del diluvio son salvadas ocho personas de la familia de Noé, sin otro comentario; como si el autor supusiera que sus lectores estaban familiarizados con la idea implicada.

La estrella de ocho brazos o la flor de ocho pétalos adornaba con frecuencia el velo de la Virgen en los iconos bizantinos y figura todavía hoy, en Grecia, en las tarjetas de felicitación enviadas con ocasión de las Pascuas.

Y no es casualidad que el ocho presente la misma forma que el signo «infinito».

La gama musical de las notas propone otro símbolo de renacimiento y de regeneración: la octava nota de la escala ascendente es la misma que su nota básica, sin ser la misma.

Cicerón, en el Sueño de Escipión, se refiere a este simbolismo. Escipión el Africano revela a sus nietos las relaciones entre lo temporal y lo espiritual. Evoca a las estrellas lejanas que brillan más allá de los planetas y que pertenecen a la esfera de ‘las estrellas fijas’. Estas representan las regiones de la experiencia espiritual que se mantiene más allá del campo de las vicisitudes terrestres. Más próximas, las órbitas de las siete luminarias se sitúan en un plano geocéntrico. A cada uno de los siete planetas, le asigna una nota, correspondiente a la vibración que éste emite en su rápido curso por el espacio. Así, la Luna, como es la primera nota y la más baja, tendrá su octava superior en la esfera de las estrellas fijas, constituyendo de este modo un puente entre lo transitorio y lo eterno. Establecido este principio, Escipión añade: «Los hombres hábiles han imitado esta armonía con las cuerdas y el canto. De este modo han abierto la vía de su retorno a esta región.»

Esta concepción del universo fue generalmente aceptada hasta el final del primer milenio de nuestra era. Después de dicho período, la Tierra, si bien no considerada aún como un planeta sino como receptora de todas las influencias del universo, fue incluida en la escala cósmica. Más adelante veremos la importancia de este factor sobre el pensamiento oculto. Pero ahora centremos nuestra atención en el simbolismo ogdoádico.

El triángulo y el cuadrado son los antiguos símbolos del Fuego y la Tierra. Por extensión, simbolizan igualmente el espíritu y el cuerpo, en relación con un principio atribuido a Pitágoras que liga el espíritu a los números impares y la materia a los números pares.

En la Edad Media, su simbolismo se enriqueció de significaciones que describían la totalidad del proceso místico. En el primer estadio, el cuerpo y el alma se sitúan en una relación imperfecta ilustrada por el esquema siguiente:

1

Después de los primeros esfuerzos trabajando en el propio perfeccionamiento, el alma se eleva y tiende a substraerse de la influencia de la materia. Al término del proceso, alcanza el estado de auto-sacrificio correspondiente al ideal ascético.

2

Esta figura posee cinco ángulos. La cifra cinco simboliza la condición humana conducida al sacrificio, la vida del cuerpo caracterizada por los cinco sentidos.

La tradición cristiana medieval es rica en interpretaciones de las cinco llagas de Cristo, no estando aquí el cinco justificado más que por su valor simbólico ligado a la noción de sacrificio y no ciertamente por razones históricas o de las Escrituras.

(Nota del copista: la figura con cinco puntas también representa el nacimiento de un espíritu que gobierna los cuatro elementos [Pentáculo])

Este esquema puede recordar igualmente el perfil de una casa, lo que está atestiguado por el simbolismo medieval de la Casa del Sacrificio. La Casa del Sacrificio aparece en las representaciones pascuales provista de dos pilares, del cordero sacrificado en el encuadramiento y de la Tau sobre el frontón.

Giotto nos ha ofrecido un ejemplo en su Presentación de la Virgen en el templo. Sin embargo, el cuerpo y el alma deberán franquear una etapa de separación, bien por la muerte física, sea por la experiencia mística. Esta fase se simboliza por la figura cuyo número asociado es el siete:

3

El ideal último del místico reside, por tanto, más alla. El alma debe regresar. Debe reintegrarse al cuerpo que ella comparte en el sacrificio y que ahora compartirá en la gloria. Por lo mismo, el contemplativo deja el desierto y regresa para ayudar y enseñar. El alma, en adelante confirmada en su visión celeste, podrá llevar su visión del mundo hacia abajo sin ser puesta en peligro. Un gran iniciado de la tradición ogdoádica en el siglo xv escribía que el alma en esta etapa revestía su «cara de Jano», mirando hacia abajo sin cesar de- contemplar lo alto:

4

En este estadio, el alma es de nuevo recentrada en la materia, – pero ahora en el perfecto equilibrio representado por la estrella de ocho brazos, el símbolo ogdoádico último:

5

La interpretación de estos símbolos, en un contexto general, no nos revelará más que una pequeña parte de su significación profunda. Hará falta referirse al contexto de la Cábala para ir más allá, para analizar sus relaciones con los niveles de la psique, así como con los del universo.

La estructura quíntuple, la Casa del Sacrificio, está en relación directa con el modelo cabalístico de la psique. Por esta razón, se utiliza como modelo para los rituales. Es extremadamente eficaz en esta función, pues provoca una respuesta de cada zona de la psique según una secuencia apropiada.

La otra figura, que nos es particularmente apreciada, es la estrella de ocho brazos de entramado, sin fin, símbolo fundamental de la Orden, símbolo de la regeneración, de la completitud mágica, de la Nueva Vida.

Existen otras formas de la estrella de ocho brazos, teniendo cada una de ellas una significación específica, mas todas portadoras del concepto de regeneración.

Entre ellas, la cruz de Malta, adoptada por los Caballeros del Temple y de las órdenes emparentadas, caballeros de San Juan y Caballeros teutónicos en un período que correspondió con un resurgir de las órdenes militar-religiosas. En su origen, la cruz de los templarios era una simple cruz de cuatro brazos iguales. La adopción de la estrella de ocho brazos testimonia, en lenguaje simbólico, que los caballeros pertenecían ya a una vida más allá de la vida terrestre. Para el que conozca el peso de la evidencia histórica de la andadura iniciática de estos hombres, se trata de una interpretación indiscutible.

Recordaremos otro capítulo de la Historia, igualmente inspirado por el concepto de regeneración.

Hemos hablado anteriormente del reconocimiento de la Tierra, hacia el fin del primer milenio, como parte integrante del plan cósmico. La Tierra reemplazaba entonces a la Luna como nota básica y trasladaba un lugar a cada uno de los restantes planetas. La Esfera de las estrellas fijas ya no completaba a la octava y quedaba relegada fuera del plano. El octavo lugar, la octava superior de la Tierra, era ocupada por Saturno, Saturno que rigió la edad de oro, lejana y legendaria.

Vivir plenamente para este mundo o para aproximarnos a nuestro camino de retorno interior depende de nuestro esfuerzo cotidiano de realización de nuestro potencial. «Descubrir nuestra Verdadera Voluntad y llevarla a cabo» representa la suma de toda aspiración.

Esta estrella misma es un entrelazado sin fin, un símbolo de vida sin límite, aquí y ahora. Ella protege a la matriz de otra promesa: el octógono en el que nace la cruz simple de brazos iguales, nueva tentativa para el nuevo ciclo que brilla a su alrededor con la resplandeciente manifestación de la estrella. De este modo, tenemos la visión fugitiva de mundos más allá de mundos -y dentro de mundos. En verdad que no existe ni fin ni límite.

La estrella de ocho brazos es lo que la Rosa de rubí y la Cruz de oro a la tradición rosacruz: un símbolo de realización espiritual.

Fuente:
«La Sabiduría Mágica. Libro Primero: “La Espada y la Serpiente”, Cosmodinámica. Escrito por Melita Denning & Osborne Phillips, de la Aurum Solis *»
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